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Descenso
al Interior de la Tierra
Tomado del libro
“Cosmogonía Masónica” por Siete Maestros Masones.
Editorial KIER
Al
comienzo del Rito de nuestra Iniciación Masónica somos conducidos por el Hermano
Experto a una pequeña y oscura estancia llamada la Cámara o Gabinete de
Reflexión, dentro de la cual permanecemos encerrados durante un período de
tiempo indeterminado, y antes de entrar por primera vez en el Templo. Al
introducirnos en ella dicho Hermano nos dirige las siguientes palabras:
“Caballero, aquí es donde usted va a sufrir la primera prueba, que los
antiguos iniciados llamaban la <prueba de la Tierra>. A tal fin, es
indispensable que se deshaga de tosa ilusión y para hacerse sensible
materialmente a lo que debe ejecutar dentro de usted espiritualmente, le
ruego me dé lo que lleva de valioso y particularmente, todos los objetos de
metal, que simbolizan lo que reluce con brillo engañoso…
Ahora, Caballero, va a ser abandonado a usted mismo, en la soledad, el
silencio y con esta débil luz. Los objetos y las imágenes que se ofrecen a
su vista tienen un sentido simbólico y deben incitarlo a la meditación”.
Estas palabras son sumamente reveladoras acerca del significado de ese
momento solemne de nuestra recepción. Ellas nos advierten de la necesidad
de purificarnos de todas las ilusiones, egos y vicios que conforman
nuestra errónea “personalidad” y que hemos ido adquiriendo en nuestro
contacto con las “tinieblas exteriores” del mundo profano. Sin ese previo
“despojamiento de los metales” – que crean una dura y gruesa costra
alrededor de nuestro verdadero ser impidiendo que se manifieste- jamás
podríamos recibir la influencia espiritual vehiculada por el rito y los
símbolos de la Iniciación, impidiendo así la posibilidad salvífica del
renacimiento, de volver a nacer en un mundo nuevo bañado por una luz mucho
más transparente y sutil: el mundo de las ideas y arquetipos emanados del
Gran Arquitecto del Universo.
Pero lógicamente, nadie podrá hacer ese trabajo por nosotros, razón por la
cual somos abandonados a nuestra suerte, recogidos en la soledad y el
silencio, encerrados en fin, en nuestra particular Cámara de Reflexión y
una vez allí “morir” a la condición profana. Ese acto o gesto interno de
negación y muerte a un mundo y a una personalidad ficticia se vive
simbólicamente (lo que por cierto hace válida y real esa experiencia) como
un “regreso al útero” materno o a la matriz de la tierra nutricia, es
decir, a un plano de concentración extrema donde “reflexionamos” sobre el
sentido de nuestra existencia, sobre quién somos en verdad.
En realidad, la Cámara de Reflexión es lo mismo que el Athanor, “Huevo
Filosófico” u horno alquímico, símbolos todos ellos de la conciencia
Herméticamente cerrada a las influencias externas y en donde, amparados en
la íntima y generativa oscuridad, se lleva a cabo un proceso de cocción,
fermentación, destilación, sublimación y finalmente transmutación de lo
espeso en lo sutil, de lo terrestre en lo celeste. Este proceso, como
sabemos, es el vivido por la semilla en su eclosión vertical hacia los
espacios aéreos, o por el gusano de seda, que después de un tiempo
encerrado en el capullo sale de él transmutado en mariposa, en un ser
completamente otro, pasando de lo que repta a lo que vuela.
Esto que decimos está claramente ejemplificado por los diversos objetos,
inscripciones e imágenes simbólicas presentes en la Cámara. Allí,
depositados sobre una mesa, encontramos tres pequeños recipientes que
contienen Azufre, Mercurio y Sal, los tres principios Herméticos que
simbolizan el espíritu, el alma y el cuerpo, respectivamente, lo cual nos
sugiere la idea de que la Gran Obra Iniciática incumbe al ser humano
considerado en su totalidad y no tan sólo en un aspecto o modalidad de
ésta; una jarra con agua y al lado un trozo de pan, símbolos del agua de
vida y del alimento espiritual que restituyen el “recuerdo”y fortalecen al
candidato después de sufrir la primera muerte Iniciática, expresada a su
vez por el cráneo y las tibias cruzadas. Este es el estado que la Alquimia
denomina NIGREDO, o “negro mas negro que el negro” que señala la
descomposición de la personalidad egótica. Pero esta descomposición o
putrefacción contiene ya el germen de el nuevo nacimiento, anunciado por el
gallo, ave emblemática del dios Hermes, y cuyo canto proferido en lo más
profundo de la noche avisa sin embargo de la proximidad del día y de la
luz del Sol nacida en el Oriente. En este sentido, nos dice la tradición
que “cuando todo parece perdido, es cuando todo será salvado”, pues
después de descender, como Dante, a las profundidades del infierno, no
queda más remedio que ascender por el eje que une la Tierra y el Cielo. Y
precisamente ese descenso y ese ascenso están sugeridos por las siglas V.I.T.R.I.O.L que aparecen grabadas en una de las negras paredes de la
Cámara. El significado de estas siglas alquímicas es bastante elocuente al
respecto: “Visita el Interior de la Tierra y Rectificando Encontrarás la
Piedra Oculta”. La rectificación de que se trata tiene que ver con el
cambio de “orientación” que se va produciendo en nosotros conforme
progresamos “…por las vías que nos han sido trazadas…”, es decir, por la
vía sagrada de la Iniciación, lo que es simultáneo al despertar de
nuestras potencialidades internas que nos conducirán a la obtención del
Conocimiento, simbolizado por la Piedra Oculta (Filosofal) o Piedra Cúbica
en punta del maestro masón.
Así, pues, sólo cuando el postulante sepa comprender –o asimilar en sí
mismo- el mensaje de todos estos símbolos que se ofrecen a su meditación,
habrá “superado satisfactoriamente la prueba de la Tierra, a la Gloria del
Gran Arquitecto del Universo” y estará, por tanto, preparado para llamar a
las “Puertas del Templo”, lo que hace una vez que ha sido reducido a pura
posibilidad de ser presta a recibir los efluvios emanados del resto de los
elementos purificadores que determinarán su desarrollo y crecimiento
interior: el Aire, el Agua y el Fuego.
SIGNIFICADO DE LA
INICIACIÓN
Del
Manual del Aprendiz, Aldo Lavagnini
(Edit
Kier)
Llegando
a este punto, la primera cosa que se hace necesaria es comprender el
significado de la palabra iniciación y cómo debe interpretarse.
Iniciación es palabra derivada del latín initiare, que tiene la misma
etimología de initium, “inicio o comienzo”, viniendo las dos de in-tere,
“ir dentro o ingresar”. Así es que hay en ella el doble sentido del
“ingreso en” y del “comienzo o principio de” una nueva cosa. En otras
palabras, iniciación es la puerta que conduce a ingresar en un nuevo
estado moral o material, en el cual se inicia o comienza una nueva manera
de ser o de vivir.
Este nuevo estado,
esta manera de ser y vivir, son los que caracterizan al “iniciado” y lo
distinguen del profano, en cuanto el primero, habiendo ingresado en él, lo
conoce desde adentro, mientras el segundo queda fuera del mismo, fuera del
Templo de la Sabiduría o de un real conocimiento de la Verdad y de la
Virtud, de las cuales reconoce únicamente los aspectos profanos o
exteriores que constituyen la moneda corriente del mundo.
Así pues, este ingreso no es ni puede considerarse únicamente como
material, no es ni puede ser solamente la recepción o aceptación en una
determinada asociación, sino que debe considerarse, primero y
fundamentalmente, como el ingreso en un nuevo estado de conciencia, a una
manera de ser interior, de la cual la vida exterior es efecto y
consecuencia.
Se necesita, en otros términos, una palingenesia, un nacimiento o
renacimiento interior, una transformación o transmutación del íntimo
estado de nuestro ser para efectivamente iniciarse, o ingresar, en una
nueva visión de la realidad: en aquella nueva manera de pensar, vivir y
obrar que caracteriza al Iniciado y al Masón verdaderos.
Por esta razón el símbolo fundamental de la iniciación es el de la muerte,
como preliminar para una nueva vida; la muerte simbólica al mundo o estado
“profano” necesario para el renacimiento simbólico; o sea la negación de
los vicios, errores e ilusiones que constituyen los “metales” groseros o
cualidad inferiores de la personalidad, para la afirmación de la Verdad y
de la Virtud, o de la Intima Realidad, que constituye el oro puro del Ser,
la Perfección del Espíritu que mora en nosotros y se expresa en nuestros
Ideales y en nuestras Aspiraciones más elevadas.
EL CUARTO DE REFLEXIONES
El
cuarto de reflexión no representa únicamente la preparación preliminar del
candidato para su recepción, sino que es principalmente aquel punto
crítico, aquella crisis interior, donde empieza la palingenesia que
conduce a la verdadera iniciación, a la realización progresiva, al mismo
tiempo especulativa y operativa, de nuestro ser y de la Realidad
Espiritual que nos anima, simbolizada por los viajes.
El cuarto de reflexión, con su aislamiento y con sus negras paredes,
representa un período de oscuridad y de maduración silenciosa del alma,
por medio de la meditación y concentración en uno mismo, que prepara el
verdadero progreso efectivo y consciente que después se hará manifiesto a
la luz del día. Por esta razón se encuentran en él los emblemas de la
muerte y una lámpara sepulcral, y se hallan sobre sus paredes
inscripciones destinadas a poner a prueba su firmeza de propósito y la
voluntad de progreso que tiene que ser sellada en un testamento.
Al ingresar en este cuarto (símbolo evidente de un estado de conciencia
correspondiente), el candidato tiene que despojarse de los metales que
lleva consigo y que el Experto recoge cuidadosamente. Tiene que volver a
su estado de pureza originaria –la desnudez adámica- despojándose
voluntariamente de todas aquellas adquisiciones que le fueran útiles para
llegar a su estado actual, pero que constituyen otros tantos obstáculos
para su progreso ulterior.
Debe cesar de cifrar su confianza y codicia en los valores puramente
exteriores del mundo, para poder encontrar en sí mismo , realizar y hacer
efectivos los valores verdaderos, que son los morales y espirituales. Debe
cesar de aceptar pasivamente las falsas creencias y las opiniones
externas, con objeto de abrirse su propio camino hacia la Verdad.
Esto no quiere decir que uno tiene que despojarse en absoluto de todo lo
que le pertenece y ha adquirido como resultado de sus esfuerzos y premio
de sus labores, sino únicamente que debe cesar de dar a estas cosas
aquella importancia primaria que puede hacerle esclavo o servidor de las
mismas, y poner siempre en primer lugar, por encima de toda consideración
material o utilitaria, la fidelidad a los Principios y las razones
espirituales. Este despojo tiene por objeto conducirnos a ser libres de
aquellos lazos que de otra manera nos impedirían todo progreso adelante.
Se trata, por consiguiente, en esencia, del despejo de todo apego a las
consideraciones y lazos exteriores, con el objeto de que podamos
enlazarnos con nuestra íntima Realidad Interior, y abrirnos para su
siempre más libre, plena y perfecta expresión.
“LIBRE Y DE BUENAS COSTUMBRES”
Ser
“libre y de buenas costumbres” es la condición preliminar que se pide al
profano para poder ser admitido en nuestra Orden, condición necesaria de
todo progreso moral como espiritual, de todo adelanto en el sendero de la
Verdadera Luz, o sea de la Verdad y de la Virtud.
Libre de los prejuicio y de los errores, de los vicios y de las pasiones
que embrutecen al hombre y hacen de él un esclavo de la fatalidad; de
buenas costumbres por haber orientado su vida hacia lo más justo, hacia lo
más elevado e ideal. Estas dos condiciones hacen latente en cada hombre la
cualidad de masón y la posibilidad de hacerse o “ser hecho” tal, en
cuanto, en su plenitud, lo caracteriza esa misma cualidad. Pues, en la
medida de su libertad interior y de la orientación ideal de su vida, el
hombre es y “se hace” un verdadero masón, un Obrero de la Inteligencia
Constructora del Universo.
El despojo de los metales es así el despojo voluntario del alma, de sus
cualidades inferiores, de sus vicios y pasiones, de los apegos materiales
que enturbian la pura luz del Espíritu; el abandono de las cualidades y
adquisiciones que brillan con luz ilusoria en la inteligencia e impiden la
visión de la Luz Masónica, la Realidad que sostiene el Universo y lo
construye incesantemente.
El intelectual debe igualmente despojarse de sus creencias y prejuicios,
para que se abra delante de sus ojos el Camino de la Luz y de la Verdad,
en donde se prepara a poner los pies –las creencias y prejuicios
científicos y filosóficos, no menos que las supersticiones y prejuicios
religiosos y vulgares.
Como el masón debe aprender a pensar por sí mismo, llegando al
convencimiento y al conocimiento directo de la Verdad, de nada le sirven
las creencias y prejuicios que constituyen la moneda corriente del mundo,
las adquisiciones materiales, con las cuales nunca se paga o se compra la
Verdad, a la cual el masón debe llegar con esfuerzo individual.
SIGNIFICADO DEL CUARTO
El
cuarto de reflexión, como su nombre lo indica, representa antes que todo
aquel estado de aislamiento del mundo exterior que es necesario para la
concentración o reflexión íntimas, con las cuales nace el pensamiento
independiente y se encuentra la Verdad: aquel mundo interior donde deben
dirigirse nuestros esfuerzos y nuestros análisis para llegar, con la
abstracción, a conocer el mundo trascendente de la Realidad. Es el gnothi
seautón o “conócete a ti mismo” de los iniciados griegos e indos, como
único medio directo e individual para poder llegar a conocer el Gran
Misterio que nos circunda y envuelve nuestro mismo ser.
Esto y el color negro del cuarto nos llevan a la mente la antigua fórmula
alquímica y hermética del Vitriolo: Visita interiora Térrea, Rectificando
Invenies Occultum Lapidem, “Visita el interior de la tierra: rectificando
encontrarás la piedra escondida” . es decir: desciende a las profundidades
de la tierra, bajo la superficie de la apariencia exterior que esconde la
realidad interior de las cosas y la revela; rectificando tu punto de vista
y tu visión mental con la escuadra de la razón y el discernimiento
espiritual, encontrarás aquella piedra oculta o filosofal que constituye
el Secreto de los Sabios y la verdadera Sabiduría.
La representación de la Verdad final y fundamental en una piedra no
presenta nada de extraño cuando se piensa que de constituir la base sobre
la cual descansa el edificio de nuestros conocimientos, que se hará la
Iglesia o Templo de nuestras aspiraciones, y el criterio o medida sobre la
cual, y a cuya imagen, deben encuadrarse o rectificarse todos nuestros
pensamientos.
Los huesos e imágenes de la muerte que se hallan representados en las
paredes del cuarto, además de indicar la muerte simbólica que se le pide
al iniciado para su nuevo nacimiento, muestran los fragmentos esparcidos y
desunidos de la Realidad muerta y dividida en la apariencia exterior, cuya
Vida y Unidad debe él buscar y encontrar interiormente, reconociéndola por
debajo y dentro de la apariencia.
EL GRANO DE TRIGO
El
cuarto de reflexión constituye la prueba de la tierra -la primera de las
cuatro pruebas simbólicas de los elementos- y; por su analogía, nos lleva
a los Misterios de Eleusis, en los cuales el iniciado estaba simbolizado
en el grano de trigo echado y sepultado en el suelo, para que germinara y
se abriera, con su propio esfuerzo, un camino hacia la luz.
La semilla, en la cual se halla en estado latente o potencial toda la
planta, representa muy bien las posibilidades latentes en el individuo que
deben despertarse y manifestarse a la luz del día, en el mundo de los
efectos. Todo ser humano es, efectivamente, un potencial espiritual o
divino, idéntico al potencial latente en la semilla, que debe ser
desarrollado o educido a su más plena y perfecta expresión, y este
desarrollo es comparable en todos sentidos al desarrollo natural y
progresivo de una planta.
Así como la semilla, para poder germinar y producir la planta, debe ser
echada en el suelo, en donde muere como semilla, mientras el germen de la
planta futura empieza a crecer, así también el hombre, para manifestar las
posibilidades espirituales que se encuentran en él en estado latente, debe
aprender a concentrarse en el silencio del alma, aislándose de todas las
influencias exteriores, y morir para sus defectos e imperfecciones a fin
de que el germen de la Vida Nueva pueda crecer y manifestarse.
Dado que el Germen espiritual, la Divina Semilla de nuestro ser, es
inmortal e incorruptible, esta muerte –como toda forma de muerte, desde un
punto de vista más profundo- es simplemente el despojo de una forma
imperfecta y la superación de un estado de imperfección, que fueron en el
pasado el escalón indispensable de nuestro progreso, pero que en la
actualidad se han hecho una limitación, y al mismo tiempo la necesidad, la
oportunidad y la base, para un nuevo paso adelante.
Esa imperfección o limitación que debe ser superada –los límites estrechos
en los que se halla encerrado nuestro pensamiento y nuestro ser espiritual
por los errores y falsas creencias asimiladas en la educación y en la vida
profana- es lo que simboliza la cáscara de la semilla, producida por ésta
como protección necesaria en el período de su crecimiento, y enteramente
análogo a la cáscara mental de nuestro propio carácter y personalidad.
EL PAN Y EL AGUA
Esa
semilla, que debe morir en la tierra para producir la nueva vida de la
planta, cuya perfección encierra en estado potencial, ha muerto
efectivamente en el pan que se encuentra sobre la mesa del cuarto de
reflexión, para simbolizarla. Dicho pan representa además la sustancia que
constituye el medio con el cual la vida se manifiesta en todas sus formas,
la materia prima continuamente transmutada por la actividad vital, en la
que fluye constantemente el mecanismo incesante de la renovación orgánica,
pasando de uno a otro estado, de una a otra forma de existencia.
Junto con el pan, hállase un vaso de agua, o sea aquel elemento húmedo
–otro aspecto de la misma Sustancia Madre- que es factor y condición
indispensable de crecimiento, germinación, maduración, reproducción y
regeneración. Como Venus Anadiomena, también la Vida únicamente puede
nacer en el seno de las aguas, que se hace Venus Genitrix, la Madre
Universal, mientras la tierra mitológicamente simbolizada por Gea y
Deméter (a la que estaban consagrados los Misterios de Eleusis) se
convierte en nodriza.
Estas dos formas complementarias de la Sustancia Una obran constantemente
la una sobre la otra, como podemos observar en todos los procesos
biológicos; en su estado primero, el pan representa el carbono que, bajo
la forma de ácido carbónico, se halla en la atmósfera, y que la vida
vegetal transmuta en los hidrocarbonatos, sustancias fundamentales que
constituyen todas las partes de la planta, de las que nacen después las
proteínas. Todas estas producciones, necesitan como base el elemento
húmedo, que puede compararse a la Matriz –Templo y Taller de toda la
actividad orgánica.
Finalmente, el pan y el agua que hacen moralmente hincapié en la sobriedad
y sencillez indispensables para la vida del iniciado y, junto con el
despojo de los metales, demuestra su discernimiento, que le hace buscar
únicamente lo esencial –los Valores verdaderos de la existencia, que sólo
puede darnos paz, felicidad y satisfacción, haciéndose factores de nuestro
progreso interior en Sabiduría y Virtud-, eliminando todas las
superfluidades y complicaciones de la vida profana, en cuya búsqueda el
hombre ordinario pierde sus mejores energías.
SAL Y AZUFRE
Una
vasija de sal y una de azufre se hallan además sobre la mesa, junto con el
pan y el agua. Aunque la primera sea habitualmente conocida como
condimento, su asociación simbólica con el segundo no deja de parecer algo
extraña y misteriosa. ¿Qué significan, pues, estos dos nuevos elementos,
esta nueva pareja hermética que se une a la anterior?
Se trata de un nuevo tema de meditación que se presenta al candidato,
sobre los medios y elementos con los cuales debe prepararse para una nueva
Vida alumbrada por la Verdad y hecha activa y fecunda con la práctica de
la Virtud, a la que se refieren el Azufre y la Sal en su acepción más
elevada.
Como tal, indica el primero la Energía Activa, que se hace la Fuerza
Universal, el principio creador y la electricidad vital que producen y
animan todo crecimiento, expansión, independencia e irradiación. Mientras
la segunda es el principio atractivo que constituye el magnetismo vital,
la fuerza conservadora y fecunda que inclina a la estabilidad y produce
toda maduración, la capacidad asimilativa que tiende hacia la
cristalización, el principio de resistencia y la reacción centrípeta que
se opone a la acción activa de la fuerza centrífuga.
Así pues, de la misma manera que en el pan y el agua hemos visto los dos
aspectos de la Sustancia cósmica y vital, en estos dos nuevos elementos
tenemos los dos aspectos o polaridades de la Energía Universal, dirigido
el primero de adentro hacia fuera, apareciendo exteriormente como derecho
(o dextroso), y el segundo de afuera hacia adentro, manifestándose como
izquierdo (o sinistrorso).
Son, respectivamente, rajas y tamas –los dos primeros gunas (o cualidades
esenciales) de la filosofía india-, y el impulso activo que produce todo
cambio y variación, y engendra en el hombre el entusiasmo y el amor a la
actividad, el deseo y la pasión; y la tendencia pasiva hacia la inercia y
estabilidad es enemiga de todo cambio y variación, produciendo en nuestro
carácter firmeza y persistencia, y con su dominio en la mente, la
ignorancia, la inconsciencia y el sentido de la materialidad, que nos atan
a las necesidades y preocupaciones exteriores y los instintos destinados
para proteger la vida en sus primeras etapas.
El primero nos impulsa constantemente hacia arriba y hacia delante, nos
anima y nos ahínca en todos nuestros pasos, nos da el ardor, la
iniciativa, el espíritu de conquista, la voluntad y capacidad de
satisfacer nuestros deseos y conseguir el objeto de nuestras aspiraciones;
pero nos da también la inquietud, la inconstancia y el amor de los cambios
y novedades, la impulsividad que nos inclina hacia acciones
inconsideradas, haciéndonos recoger frutos maduros y perder los mejores y
más deseables resultados de nuestros esfuerzos.
El segundo es aquel que nos refrena y desalienta; nos hace recoger en
nosotros mismos, nos da el temor y la reflexión, nos hace abrazar y
establecer igualmente en el error y en la verdad, en los hábitos viciosos
y virtuosos; nos hace fieles y perseverantes, firmes en nuestra voluntad y
tenaces en nuestros esfuerzos; nos da la capacidad de atraer aquello para
lo cual estamos interiormente sintonizados con nuestros deseos,
pensamientos, convicciones y aspiraciones. Nos da la desilusión y el
discernimiento, nos aleja de los cambios y de toda acción irreflexiva,
pero también de todo progreso, esfuerzo y superación.
Son las dos columnas o tendencias que se hallan constantemente a nuestro
lado, en cada uno de nuestros pasos sobre el camino de la existencia, y
nuestra felicidad, paz y progreso efectivo estriban en nuestra capacidad
de mantener en cada momento un justo y perfecto equilibrio entre estas
tendencias opuestas, conservándonos a igual distancia de la una como de la
otra, sin dejar que ninguna de las dos adquiera un predominio indebido
sobre nosotros, sino que obren en perfecta armonía y nos dé cada cual sus
mejores cualidades: el ardor irreflexivo y la paciencia iluminada, el
entusiasmo perseverante y la serenidad inalterable, el esfuerzo vigilante
y la firmeza incansable, que también simbolizan, sobre la pared del
cuarto, el gallo y la clepsidra.
EL MERCURIO VITAL
La
acción e interacción entre estas dos opuestas tendencias es, pues,
destinada para producir en nosotros, activándolo desde el estado latente
en que se encuentra dentro de nuestro Germen Espiritual, el mercurio vital
o principio de la Inteligencia y Sabiduría, que corresponde al satva de la
filosofía hindú: el ritmo de la naturaleza, producido por la Ley de
Armonía y Equilibrio.
El pensamiento en todos sus aspectos nace, pues, naturalmente, en el
individuo, de la acción y relación entre sus tendencias activas y pasivas,
entre el amor y el odio, la atracción y la repulsión, la simpatía y la
antipatía, el deseo y el temor. Crece y adquiere siempre mayor fuerza,
independencia y vigor cuando luchan entre sí el instinto y la razón, la
voluntad y la pasión, el entusiasmo y la desilusión. Se eleva y florece,
siempre más libre, claro y luminoso, según aprende a seguir sus ideales y
aspiraciones más elevadas, y según éstas logran sobreponerse a su
ignorancia, errores y temores, así como a las demás tendencias pasionales
e instintivas.
En otras palabras, el pensamiento nace, crece, se eleva y sublima,
logrando alcanzar horizontes siempre más altos, amplios e iluminados,
según predomine en la mente y en toda la personalidad el elemento o
vibración sátvica, el principio del equilibrio y de la armonía, que
produce la Música de las Esferas y engendra toda creación y concepción
caracterizada por su genialidad y hermosura.
Pues este mercurio sublimado es el único que puede percibir la Verdadera
Luz, que se hace con su reflejo mental luz creadora, simbolizada por la
Venus Celestial, antigua divinidad de la Luz, y por ende de la Belleza que
la acompaña.
El fuego rajásico, encendido en el hombre, primero por los deseos y la
pasión, y luego por la voluntad, el entusiasmo y sus más nobles
aspiraciones (que constituyen el azufre en sus diferentes aspectos),
obrando sobre la sustancia tamásica de los instintos, temores y tendencias
conservadoras (la sal de la reflexión), que constituye la materia prima de
nuestro carácter, hace fermentar, hervir y sublimar esta masa heterogénea
en el crisol de la vida individual, produciendo finalmente ese mercurio
refinado o elemento sátvico, o sea la Sabiduría, nacida de la
transmutación –por medio de la sublimación y refinamiento- de la
ignorancia, del error, del temor y de la ilusión.
EL TESTAMENTO
El
nuevo nacimiento o regeneración ideal que indica, en todos sus aspectos,
el cuarto de reflexión, tiene finalmente su sello y se concreta en un
testamento, que es fundamentalmente una atestación o reconocimiento de sus
“deberes”, o sea de su tríplice relación constructiva, con el principio
interior (individual y universal) de la vida, consigo mismo como expresión
individual de la Vida Una, y con sus semejantes, como expresión exterior
de la Vida Cósmica.
Se trata de un testamento iniciático, muy diferente del testamento
ordinario o profano, en cuanto éste es una preparación para la muerte,
mientras el testamento simbólico que se le pide al recipiendario, antes de
ser admitido a las pruebas, es una preparación para la vida –para la vida
nueva del Espíritu a la cual tiene que renacer.
Muerte y renacimiento son, en realidad, dos aspectos íntimamente enlazados
e inseparables de todo cambio que se verifica en la forma y expresión,
interior y exterior, de la Vida Eterna del Ser. En la economía cósmica, e
igualmente en la vida individual, la muerte, cesación o destrucción de un
aspecto determinado de la existencia subjetiva y objetiva, se acompaña
constantemente con una forma de nacimiento. Así pues, sólo en apariencia
los consideramos como opuestos de la vida, o como su principio y fin,
mientras indican, simplemente, un cambio o transformación, y el medio en
el cual se efectúa un progreso siempre necesario, aunque la destrucción de
la forma no sea siempre su condición indispensable.
Como emblema de la muerte del hombre profano, indispensable para el
nacimiento del iniciado, el testamento que hace el candidato es un
testamento del cual él mismo será llamado a convertirse después en el
ejecutor, un Programa de Vida que deberá realizar con una comprensión más
luminosa de sus relaciones con todas las cosas.
La primera relación o “deber” del testamento es la del propio individuo
con el Principio Universal de la Vida, una relación que tiene que
reconocerse y establecerse interiormente, y no sobre la base de creencias
o prejuicios, ya sean positivos o negativos. No se le pregunta al
candidato si cree o no en Dios, ni cuál sea su credo religioso o
filosófico; para la Masonería todas las “creencias” son equivalentes, como
otras tantas máscaras de la Verdad que se encuentra detrás o bajo de la
superficie de ellas y sólo a la cual aspira a conducirnos.
Lo que sí es de importancia vital es nuestra íntima y directa relación con
el Principio de la Vida (cualquiera sea el nombre que se le dé
exteriormente y el concepto mental que cada cual pueda haberse formado o
formarse del mismo), una relación que se establece en la conciencia, por
encima del plano de la inteligencia o mentalidad ordinaria, siendo sólo
directamente en ella donde puede manifestarse aquella Luz “que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo”.
La conciencia de esta relación, que es Unidad e Individualidad, se traduce
en el sentido de la primera pregunta del testamento: “¿Cuáles son vuestros
deberes hacia Dios?”. La segunda: “¿Cuáles son vuestros deberes hacia vos
mismo?”, es la consecuencia de la primera. Habiéndose reconocido, en lo
íntimo de su propio ser, en aquella soledad de la conciencia que está
simbolizada por el cuarto de reflexión como una manifestación o expresión
individual del Principio Universal de la Vida, el candidato está llamado a
reconocer cómo su vida exterior se halla íntimamente relacionada con lo
que él mismo es interiormente, y cómo con la comprensión de esta relación
tiene en sí el poder de dominarla y dirigirla constructivamente.
El hombre es, como manifestación concreta, lo que él mismo se ha hecho y
se hace constantemente, con sus pensamientos conscientes y subconscientes,
su manera de ser y su actividad. Y su primer deber para consigo mismo es
hacerse y llegar a ser una siempre más perfecta expresión del Principio de
Vida que en él busca y encuentra una especial, diferente y necesaria
manifestación, deduciendo o sacando a la luz del día las posibilidades
latentes del Espíritu, aquella Perfección que existe inmanente, pero se
manifiesta en el tiempo y en el espacio, en la medida del íntimo
reconocimiento individual.
En cuanto a los deberes hacia la humanidad, representan un sucesivo
reconocimiento íntimo que es complemento necesario de los dos primeros:
habiéndose reconocido como manifestación individual del Principio Único de
la Vida, y sabiendo que él es por fuera lo que es y se hace por dentro,
debe acostumbrarse a ver en todos los seres otras tantas manifestaciones
del mismo Principio; de este reconocimiento brota como consecuencia
necesaria cuál ha de ser su deber o relación hacia la humanidad, que no
puede ser otra cosa que la fraternidad.
La comprensión de esta triple relación es el principio de la iniciación,
el inicio efectivo de una nueva vida, el testamento o don que se lega a sí
mismo, preparándose para ejecutarlo: la preparación necesaria para los
viajes o etapas sucesivas de progreso que le esperan.

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