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Al
menos que nos demos cuenta de la diferencia que existe
entre el Cosmos y el Universo, no lograremos nunca
comprender de verdad la filosofía esotérica. Este es un
punto de la máxima importancia, pues señala la
diferencia entre quienes saben cómo interpretar los
sistemas de símbolos y quienes no.
El concepto no resulta fácil de entender, pero
intentaremos explicarlo del modo más sencillo posible,
pues de él se derivan numerosas implicaciones prácticas
de la mayor importancia.
Para todos los fines prácticos, nuestro sistema solar es
una unidad cerrada. Las influencias que recibe de otros
cuerpos celestes cambian - si es que lo hacen - en
plazos de tiempo tan largos que, en lo que a nosotros se
refiere, tenemos razón al considerarlas constantes. Este
sistema solar surgió de una nebulosa, los planetas
surgieron del sol y los satélites de los planetas. Por
tanto, y con respecto al universo, podemos decir: “Al
principio había una nebulosa”.
Pero una vez dicho descubrimos que eso no resuelve el
problema. ¿Y de dónde surgió esa nebulosa? Cabe
responder que fue el resultado de la condensación de
materia esparcida en el espacio. Pero tampoco así
habremos llegado al fondo de la cuestión. ¿De dónde
extrajo esa materia del espacio las características
intrínsecas que fueron luego revelándose en el proceso
de su evolución?. De hecho, la misma palabra evolución
implica la idea de involución. No se puede desplegar
nada que no hubiese sido anteriormente plegado. Debe
haber una fase de la existencia anterior al inicio de la
evolución, pues ésta no es la creación continua de algo
partiendo de la nada, sino la manifestación de
determinadas capacidades latentes.
Para los fines propios de cualquier razonamiento que
queramos hacer, resolvemos este problema recurriendo al
Gran No-manifiesto, a la Raíz de Todo lo Existente, que
es en realidad el equivalente metafísico de X, la
cantidad desconocida. En álgebra, la X permite realizar
cálculos u operaciones con cantidades conocidas; pero,
al final, seguimos sin saber nada acerca de su propia
naturaleza, exactamente igual que cuando empezamos. En
metafísica denominamos también X a todo lo que no
conocemos, que es no sólo el Gran No-manifiesto, sino
también el Gran desconocido.
No obstante, el término desconocido es relativo, y los
partidarios del esoterismo - al igual que los de la
teoría de la evolución - no estarían de acuerdo con
Herbert Spencer en que el Gran Desconocido es al mismo
tiempo el Gran Inconocible. Con la ampliación de la
conciencia humana, bien en el transcurso de la
evolución, bien mediante métodos intensivos, se puede
llegar a conocer muchas más cosas de las hasta ahora
conocidas. De hecho, los científicos, los filósofos y
los metafísicos saben mucho más sobre el Gran
Desconocido que el hombre medio, mientras que éste sabe
también mucho más acerca del mismo que un niño pequeño.
Por tanto, el Gran Desconocido no es una cosa por
derecho propio, sino más bien una relación existente o,
para decirlo con mayor exactitud, no existente, entre el
Ser y determinados aspectos del No ser.
El Gran No-manifiesto no puede ser el Gran NO-existente.
El Noexistente simplemente no es, y eso es todo lo que
se puede decir sobre el mismo. Pero el Gran
No-manifiesto es, y llamarlo la Raíz de Todo lo
Existente es una descripción adecuada. Sólo es
No-manifiesto en lo que a nosotros se refiere, porque -
al menos en nuestro actual estado de evolución - no
hemos conseguido las facultades o sentidos que nos
permitirían entrar en contacto con El.
No obstante, si logramos ampliar nuestra conciencia y,
por tanto, llegar a ser conscientes de un aspecto de la
Raíz de Todo lo Existente que hasta ahora no habíamos
percibido, dejará de ser No-manifiesto y pasará a ser
Manifiesto.
¿Podríamos, pues decir, que la manifestación tiene lugar
por medio de la comprensión? Las realidades, que son las
esencias básicas noumenales de todo lo que existe, no se
manifiestan nunca de manera que sean objeto de la
experiencia sensorial. Pero ¿se limita nuestra capacidad
de aprehensión a la experiencia sensorial? Según los
psicólogos, sí; pero según los partidarios del
esoterismo, no. Ninguna experiencia sensorial permitió a
Darwin llegar a comprender la ley de la evolución. Es
posible que sus cinco sentidos le permitieran observar
los innumerables fenómenos, de los que, en último
extremo, extrajo su deducción; pero se trataba de una
facultad completamente distinta de la conciencia
sensorial la que le permitió comprender la naturaleza de
la cohesión subyacente dado las innumerables unidades
separadas que habían sido objeto de su observación en el
transcurso de sus investigaciones.
¿Es la fórmula que resume toda una serie de hechos
objetivos menos real que los hechos en sí? ¿Consiste la
realidad en los signos que, en forma de cifras y letras,
la representan sobre el papel? ¿No se trata de algo que
existe en sí y en su propio plano? Necesitamos alejar de
nuestras mentes la idea de que sólo la materia sólida es
real. Existen numerosas formas de energía que no son
físicas. Bajo la realidad física se oculta una realidad
psíquica, y bajo la realidad psíquica una realidad
espiritual. Pensar en términos de materia es un hábito
mental negativo, que nos da una visión completamente
falsa de la existencia.
Podemos definir la realidad psíquica diciendo que
consiste en la suma total de las comprensiones, por
oscuras que sean, que la consciencia, por rudimentaria
que sea, ha alcanzado. En cuanto a la realidad
espiritual, lo mejor que podemos hacer es limitarnos a
decir que consiste en el Gran Nomanifiesto todavía por
comprender, y que en ella se encuéntrala Raíz de Todo lo
Existente.
E incluso cuando se forma una realidad psíquica por
medio de la comprensión, la realidad espiritual no
desaparece, sino que permanece como la esencia
subyacente que otorga validez al todo. Pues puede haber
comprensiones psíquicas que no sean realidades, sino
irrealidades, debido a su inexactitud o inadecuación, y
en ellas podemos buscar la raíz del Mal Positivo.
Cabe preguntar qué consecuencias prácticas se pueden
encontrar en la vida cotidiana derivadas de esas
sutilezas metafísicas. Cuando tenemos que hacer frente a
los numerosos problemas y cargas que se nos plantean a
diario, ¿qué más nos da que exista una realidad psíquica
diferenciable de lo “realmente importante”, la realidad
espiritual? ¿Y como disminuiría eso nuestra carga en
caso de que lo supiéramos?
En consideraciones como éstas se apoya toda la
estructura de la aplicación práctica del poder de la
mente; en el campo de la realidad psíquica se apoyan los
razonamientos y afirmaciones de movimientos tales como
la Ciencia Cristiana y el Nuevo Pensamiento, y de él
extraen su fuerza. También es en el campo de la realidad
psíquica donde trabajan el mago y el practicante del
esoterismo por medio de la mente entrenada, pues el
plano de la realidad psíquica es susceptible de ser
mentalmente manipulado.
Los habitantes de
lo no visto
Cualquiera que, por medio de su propio psiquismo o
empleando el psiquismo de otro como canal de evocación,
entre en contacto con el mundo invisible, tendrá
necesidad de algún sistema de clasificación para poder
comprender los variados fenómenos con que se encontrará.
No todos ellos se deben a los espíritus de los ya
muertos; existen también otros habitantes del mundo
invisible aparte de lo que tuvieron alguna vez forma
humana.
Tampoco todos los fenómenos debidos a la mente
subconsciente son enteramente subjetivos. La confusión
surge cuando lo que debería asignarse a una división se
atribuye a otra. Puede demostrarse claramente que la
explicación ofrecida no justifica los hechos. No
obstante, no se descalifican los hechos demostrando que
la explicación es falaz. Una clasificación correcta
ofrecería una explicación capaz de resistir cualquier
investigación imparcial y de justificar su sabiduría.
La clasificación que proponemos en estas páginas se
deriva en gran medida de fuentes ocultistas
tradicionales, y creemos que servirá para arrojar luz
sobre determinadas experiencias con las cuales se han
encontrado los investigadores de lo psíquico. Se ofrece
en un espíritu de cooperación, como testimonio
independiente de una experiencia común.
1.- Las almas de los que se han ido
De todos los moradores de los mundos invisibles, con los
que resulta más fácil entrar en contacto son las almas
de los seres humanos que se han despojado de su
envoltura de carne, bien temporal, bien definitivamente.
Cualquiera que esté familiarizado con el pensamiento
espiritualista o esotérico, se habitúa pronto a la idea
de que un hombre no cambia con la muerte. La
personalidad continúa; lo único que desaparece es el
cuerpo.
El aficionado al esoterismo distingue entre los que se
encuentra en la fase inter-natal; es decir, los que
están viviendo en mundos no físicos entre encarnación y
encarnación, y los que no se van a encarnar nunca más.
Existe una gran diferencia en la capacidad y visión de
estas dos clases de almas, y muchos de los temas aún
pendientes entre el espiritismo y el ocultismo se deben
indudablemente a la incapacidad para comprender este
hecho.
El ocultista no mantiene que la existencia sea una
secuencia eterna de nacimientos y muertes; sino que, en
una determinada fase de la evolución, el alma se adentra
en una serie de vidas materiales y, a través de su
evolución a lo largo de esas vidas, supera finalmente la
fase mundana de la evolución, volviéndose cada vez más y
más espiritualizada a finales de este período, hasta
verse liberada de la materia y no volver a reencarnarse,
continuando su existencia como espíritu sin cuerpo,
aunque con una mente humana. El ocultista mantiene que
la mentalidad sólo puede alcanzarse encarnándose en
forma humana. Los seres que no hayan pasado por esta
experiencia carecen de mentalidad - al menos tal como
nosotros la concebimos -, aunque con algunas excepciones
que estudiaremos más adelante.
En las sesiones espiritistas se entra en contacto sobre
todo con las almas de los muertos vivientes. Las almas
liberadas se dirigen al lugar que les corresponde, y no
resultan tan fáciles de alcanzar. Sólo vuelven a la
esfera terrestre las que aún tienen cosas que resolver
en ella. Pero la discusión de este punto abriría campos
enormemente vastos, de los que no podemos ocuparnos por
el momento. Baste decir que, como bien saben quienes se
dedican a la investigación psíquica, existen almas
superiores a las comúnmente encontradas, preocupadas por
la evolución de la humanidad y por la formación de todos
los que estén dispuestos a colaborar con ellas en su
tarea.
Por tanto, podemos afirmar que cabe dividir las almas de
los que se han ido en tres categorías: las de los
muertos vivientes, que volverán antes o después a la
vida terrestre; las liberadas, que han superado ya la
vida terrestre y ascendido a otra esfera de la
existencia, y las liberadas que, a pesar de haber pasado
a esa otra esfera, vuelven a la terrestre porque tienen
algo que hacer en ella. El reconocimiento de estos tres
tipos de almas de los que se han ido servirá para
explicar muchas de las discrepancias existentes entre
las creencias de los espiritistas y las de los
ocultistas. El ocultista aspira sobre todo a entrar en
contacto con las almas liberadas, para trabajos
específicos en los que tanto él como ellas están
interesados, mientras que la mayoría de las veces deja
en paz a las almas de los muertos vivientes.
Personalmente, creo que está equivocado cuando actúa
así. Es cierto que esas almas apenas le pueden servir de
ayuda en la tarea que ha emprendido, pero la relación
entre los vivos y los muertos sirve para arrebatarle a
la muerte la mayoría de los terrores que la rodean y
para ir construyendo poco a poco un puente entre los que
siguen con vida y los que la han perdido ya. El
ocultista no debería invitar a los muertos vivientes a
cooperar con él, como hace con las almas liberadas, pues
ellos tienen su propia tarea que realizar; tampoco puede
depositar la misma confianza en sus conocimientos como
en los de quienes están ya libres de la rueda del
nacimiento y la muerte; tampoco tiene derecho a
utilizarlos como utiliza a los espíritus Elementales en
el transcurso de sus experimentos. No obstante, y aun
reconociendo esas limitaciones, no parece haber razón
alguna por la que un ocultista deba negarse a compartir
esas experiencias, que indudablemente se le presentarán
en un momento u otro. Después de todo, la muerte es sólo
uno más de los procesos de la vida, y los muertos siguen
vivos y son perfectamente normales.
2.- Proyecciones de los vivos
La aparición de un simulacro de ser humano en el momento
de la muerte es bastante común y existen innumerables
ejemplos que lo atestiguan.
No obstante, lo que no se conoce tan bien es que es
posible que el simulacro, o forma astro-etérica, sea
proyectado voluntariamente por un ocultista preparado.
En comparación con las almas desprovistas de cuerpo con
que se encuentra uno una vez traspasado el umbral, esas
proyecciones son por lo general escasas, pero se
producen de cuando en cuando; y, en consecuencia, deben
incluirse en cualquier clasificación que pretenda ser
exhaustiva.
Normalmente, esas almas proyectadas parecen estar
absortas en sus propios asuntos y en un estado tal de
concentración que ignoran olímpicamente todo cuanto las
rodea. De hecho, el espíritu desencadenado se está
esforzando por mantener su consciencia en los planos
superiores, y su concentración es como la de quien está
aprendiendo a montar en bicicleta.
De cuando en cuando se logra establecer comunicación
entre un cuerpo etérico así proyectado y un grupo de
experimentadores, obteniéndose resultados de lo más
interesantes; pero a menos que exista materialización
suficiente como para que el simulacro resulte visible
para lo no psíquico, el experimento participará más bien
de la naturaleza de la telepatía a través de un medio
que de una auténtica proyección de la forma astro-etérica.
Esa clase de visitantes no son ángeles ni demonios, sino
“humanos, demasiado humanos”.
3.- Las jerarquías angélicas
El protestante medio tiene una idea demasiado vaga
acerca de las jerarquías angélicas, los espíritus de
esos seres pertenecientes a otro escalón de la evolución
que nosotros, aunque hijos del mismo Padre Celestial. No
obstante, la Cabala resulta de lo más explícita a este
respecto, y los clasifica en diez órdenes de arcángeles
y diez órdenes de ángeles. La teología budista, la hindú
y la mahometana son igualmente explícitas, y la católica
se aproxima algo. Dada esa notable coincidencia entre
religiones distintas, cabe suponer que la existencia de
jerarquías angélicas es algo probado. Para los fines que
nos proponemos aquí, lo mejor que podemos hacer es tomar
como guía el sistema espiritual en que se basó el
cristianismo; es decir, el judaísmo.
No nos meteremos en clasificaciones tan elaboradas como
las empleadas por los rabinos judíos, que tienen su
importancia para la magia, pero no para el tema que nos
estamos planteando ahora. Basta darnos cuenta de que
existen seres creados por Dios de mayor o menor
grandeza, desde el poderoso arcángel que vio San Juan de
pie ante el sol, hasta los mensajeros celestiales sin
nombre que han visitado de cuando en cuando a la
humanidad.
Más allá de las esferas a que se asignan los espíritus
sin cuerpo de la humanidad se encuentran estos seres
celestiales; y en algunas de las altas esferas de la luz
espiritual, un médium o una persona dotada de gran
capacidad psíquica consigue a veces entrar en contacto
con ellos. En los escritos de Vale Owen aparecen muchos
párrafos acerca de ellos, de gran relevancia e interés.
Los rabinos judíos afirman que estos seres son
perfectos, cada uno de ellos en el campo que les
corresponde; pero no evolucionan, y está claro que son
seres no intelectuales. Casi se les podría denominar
robots divinos, estrictamente condicionados por su
propia naturaleza a cumplir las misiones para las cuales
han sido creados, libres de toda lucha y conflicto
internos; pero incapaces de cambiar y, por tanto, de
evolucionar.
Se dice que ningún ángel se sale jamás de su propia
esfera de actividad.
El ángel que posee “la capacidad de curar en sus alas”
no puede conceder visiones, y el que concede visiones no
puede servir como guardián o protector contra los
poderes de la oscuridad.
Los especialistas en esotérica trazan una distinción
fundamental entre los ángeles y las almas de los seres
humanos. Dicen que las Chipas Divinas, que constituyen
los núcleos de las almas humanas, proceden del Cosmos
noumenal, del mismo plano en el cual el Logos Solar
tiene su morada. Poseen, por tanto, la misma naturaleza
intrínseca que la Cabeza de Dios. Los ángeles son, por
el contrario, seres creados por el Logos Solar, como las
primeras de las criaturas por El creadas. No degeneran
ni regeneran, sino que permanecen invariables y sin
evolucionar hasta el fin de los tiempos.
Las funciones de los ángeles son diversas, y no podemos
ocuparnos de ellas aquí con detalle. Según su propia
graduación y categoría, son los mensajeros de Dios en
todo lo relacionado con el espíritu, pero no mantienen
contacto directo con la materia sólida o densa; esa
misión le corresponde a otra clase de seres, los
Elementales, que tanto por su origen como por su
naturaleza intrínseca difieren de los ángeles y de los
hombres.
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